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Woodstock y el próximo Sínodo de la Amazonia

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Los medios de comunicación del mundo entero han consagrado abundante espacio a comentar los 50 años del Festival de Woodstock realizado en los Estados Unidos en agosto de 1969.

No vamos a recapitular la información proporcionada, sino tratar de responder a una pregunta que nos puede dar luces para temas actuales: El referido Festival ¿fue un éxito o un fracaso?

A primera vista se diría que fracasó. Desde el punto de vista económico fue un desastre comercial en el que se perdieron USD 10 millones. Por otra parte, nunca se intentó repetir el evento y quedó como una locura sin continuadores. Y ahora, por ocasión de los 50 años, quienes quisieron recrearlo percibieron que sería un nuevo fracaso y terminaron desistiendo del intento.

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En suma, un analista comercial diría que fue un completo desastre.

Sin embargo, vista las cosas desde el punto de vista de los fenómenos sociales y de sus consecuencias a largo plazo, Woodstock constituyó una bandera que “orientó” a la juventud por medio siglo. Tanto es así que hoy se habla del “mito” de Woodstock, como un ideal que todos admiraron, de cerca o de lejos, que encandiló a toda una generación y que marcó un antes y un después en las costumbres de la juventud.

Desde este punto de vista, que nos parece el más importante, Woodstock no sólo no fue un fracaso, sino que constituyó un enorme éxito revolucionario. Woodstock significó para las formas de ser y de vivir que lo antecedieron, lo mismo que representó la toma de la Bastilla para el Antiguo Régimen. Un “cambio de paradigma”.

Este es el papel que, de acuerdo con Plinio Corrêa de Oliveira, cumplen los revolucionarios de “marcha rápida”.  Ellos marcan la meta hacia donde se debe caminar y, en la mayoría de los casos, después desaparecen en un aparente “fracaso”.

Es entonces que aparecen los revolucionarios de “marcha lenta”, los elementos “sensatos” de la sociedad que consideran que los de “marcha rápida” son un poco exagerados, aunque bien intencionados; que se debe ir hacia allá pero de modo gradual, con pequeños y prudentes pasos.

Estos últimos se encargan de ir transbordando a toda la inmensa masa de la opinión pública hacia lo que antes parecía una utopía. Así, lo que hoy vemos en la calle, en los patios de las universidades, en las plazas de las ciudades, en la ropa de los jóvenes, en los modos de tratarse, etc. es un inmenso Woodstock, que ya no impresiona ni causa reacciones.

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Esta doble “velocidad” del proceso revolucionario les ha permitido a sus artífices ir socavando las instituciones y las tradiciones más sagradas, para imponer un estado de cosas enteramente opuesto al que inspiró la civilización cristiana.

Algo muy similar parece estar siendo orquestado por ocasión del próximo Sínodo de la Amazonia.

Ya están instalados los eclesiásticos de “velocidad rápida” que dicen que se debe acabar de inmediato y para siempre con la idea de evangelizar y bautizar a los indígenas. Que, por el contrario, son los “misioneros” que deben aprender de ellos la sabiduría en el cuidado de la Pachamama y del medio ambiente. Y que toda la sociedad occidental debe despojarse del afán de progreso y lucro, y adoptar el modo de vivir en la pobreza y el desprendimiento idílico de los indios.

Varias de estas ideas ya fueron introducidas en el Instrumentum Laboris del próximo sínodo.

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Sin embargo, como para muchos ellas parecen demasiado radicales, probablemente vendrán posteriormente los de “marcha lenta”. Ellos dirán que si bien es cierto que los indios poseen una sabiduría ancestral profunda, no se puede desechar de inmediato todos los adelantos y el progreso. Que se debe, paso a paso, renunciando a los excesos de las comodidades, que Greta Thunberg nos está dando un ejemplo maravilloso viajando en un velero sin baño y sin elementos contaminantes, propulsionado por paneles solares, para llegar a la próxima cumbre del medio ambiente en los EEUU.

Los diarios del mundo entero se encargarán de filmar su arribo a puerto, y la adolescente pasará a ser una especie de Santa Juana de Arco, peleando contra los malos y egoístas consumidores.  Lo mismo se repetirá por ocasión de la COP 25 en nuestro País.

Y así, de modo casi imperceptible, tendremos, quizá en 50 años más – que Dios no lo permita –, un mundo semi tribal donde ya no quede casi nada de las características de la civilización cristiana. Un mundo sin familia, sin propiedad, sin tradición, sin cultura; o sea, una inmensa tribu salvaje, pero al mismo tiempo ultra cibernetizada.

En resumidas cuentas, el éxito de los revolucionarios de “marcha rápida” depende de la astucia de los revolucionarios de “marcha lenta”. Son estos últimos los más peligrosos y es a ellos que debemos intentar denunciar cuando comiencen sus eslóganes de falsa moderación.

Es la lección que nos deja Woodstock y su aparente fracaso.

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