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Comunismo y tribalismo: etapas de una misma revolución

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El tribalismo en el horizonte marxista

“¡Admirable constitución ésta de [los indios iroqueses], en toda su juventud y con toda su sencillez! Sin soldados, policía, nobleza, reyes, gobernadores, alcaldes, jueces, sin prisiones ni procesos, todo marcha con regularidad. Todas las querellas y todos los conflictos los zanja la colectividad a quien conciernen, la gens o la tribu. (…) No hace falta nuestro estorbo de aparato administrativo; (…) la economía doméstica es común para una serie de familias y es comunista; el suelo es propiedad de la tribu; todos son iguales y libres!”.

Quien así ensalza la vida tribal de los indios iroqueses del Canadá no es algún misionero “aggiornato” o algún antropólogo estructuralista. Es nada menos que Federico Engels,Friedrich Engels uno de los fundadores del llamado “socialismo científico”, describiendo el modelo de sociedad en el cual se deben inspirar los comunistas (1).

Sirva este trecho de Engels para introducir el tema que abordaremos en el presente artículo, dentro de la serie “La Nueva Lucha de Clases”, a saber, las relaciones entre comunismo y tribalismo.

Para quien está acostumbrado al discurso marxista clásico, y mismo al discurso perestroikeano, hasta no hace mucho en la cresta de la moda, tal ensalzamiento de la vida tribal primitiva podría parecer atípico. Y, sin embargo, el tribalismo siempre fue un punto de referencia fundamental del pensamiento marxista. Con efecto, según los teóricos marxistas, el proceso histórico dialéctico comenzó al desmoronarse la sociedad tribal primitiva, vista por ellos como una especie de paraiso comunista originario. Después de recorrer diversas etapas, continuan estos teóricos, el proceso culminará con el retorno al estado tribal, en una “forma superior”, según la fórmula asumida por Marx y Engels. En suma, el tribalismo yace en el origen y en la meta de la filosofía de la historia marxista.

Caído el socialismo real en el antiguo imperio soviético, vemos amplios sectores del movimiento revolucionario mundial metamorfosearse, abandonar las antiguas reivindicaciones proletarias propias a la lucha de clases de viejo cuño, y abrazar nuevas banderas como el ecologismo y el indigenismo. Lejos de ser un desvío de la filosofía comunista, esta metamorfosis constituye una realización avanzada de postulados inerentes a ella. Es lo que pasaremos a analisar.

La sociedad tribal primitiva

Influenciados por antropólogos evolucionistas, especialmente Lewis MorganLewis Morgan (1822-1888), Marx y Engels abrazaron el mito rousseauniano de una sociedad primitiva ideal: la tribu o gens. El hombre primitivo, según este mito, manifestaba una natural tendencia a compartir todo con sus semejantes, y de tal modo vivía exclusivamente en función de la colectividad, que no existía propiamente la noción de individualidad ni, por consiguiente, el deseo de apropiación personal. En consecuencia, no había propiedad privada; los bienes y sus frutos, la producción, pertenecían por igual a todos los miembros de la tribu. No habiendo diferencia de haberes, no habían clases sociales. Todos eran perfectamente iguales, y por lo tanto libres.

Corolario de la comunidad de bienes era la comunidad sexual. En esta sociedad ideal no había familia. Al igual que los bienes, las mujeres pertenecian en común a todos los hombres, y los hijos resultantes de las uniones aleatorias, eran de toda la tribu. Los matrimonios no eran entre individuos sino entre grupos sociales enteros, en el seno de los cuales reinaba la más completa promiscuidad sexual, repetidamente ensalzada por Engels como el estado natural del ser humano.

En dicha sociedad comunista primitiva, siempre según este mito, los individuos tampoco manifestaban el deseo de mandar sobre otros hombres. No había, portanto, Estado, y el gobierno era por consenso. “El Estado no existió siempre”, nos dice el teórico ruso Víctor Afanassiev, “en la sociedad comunitaria primitiva, cuando no había propiedad privada ni clases, tampoco había Estado. (…) Las relaciones entre los hombres bas banse, en aquellos tiempos distantes, en la fuerza de la opinión pública” (2). No habiendo estructuras de mando de unos sobre otros, los hombres eran completamente libres.

Un misterioso “pecado original”: Surge la propiedad, la familia y el Estado

En cierto momento, según la mitología marxista, en esta sociedad comunista primitiva habría habido una especie de “pecado original”. Obviamente, no usan este término. Con el aumento cuantitativo de la producción, la consiguiente posibilidad de acumular excedentes y las nuevas relaciones económicas decorrentes de ello, habría brotado en algunos un sentimiento hasta entonces desconocido: el egoismo, o sea, el deseo de proveer antes para sí que para la colectividad. Movidos por este egoismo, algunos individuos se comenzaron a apropiar efímeramente de ciertos bienes para su propia fruición o ventaja. La sociedad primitiva comenzó entonces a descomponerse.

A partir del momento en que el egoismo pasó a ser un vicio arraigado, engendró una institución – la propiedad privada – por la cual el individuo se apropia establemente de determinados bienes con exclusión de otros hombres. La propiedad, hasta entonces comunal, se fue transformando gradualmente en privada, y afluyendo para unas pocas manos. A cierta altura, esta apropiación habría alcanzado los medios de producción (tierra, instrumentos agrícolas, etc.), dando a los propietarios la posibilidad de acumular más riquezas. De allí en adelante, según los mitólogos marxistas, la sociedad estaría dividida en dos clases antagónicas: los propietarios de los medios de producción, y los deposeidos.

Aquí estaría la semilla más remota del capitalismo. Pues algunos individuos ya no ganan apenas por el trabajo de sus brazos, sino también por la productividad de los bienes de los cuales se tornaron egoistamente propietarios. Es el lucro. Para hacer producir tales bienes, los propietarios compran el trabajo de los desposeidos, y dan a ellos apenas lo suficiente para subsistir trabajando. Es el salario, fundamentalmente injusto, pues reserva al propietario todo el restante del valor de la producción. El desposeido no participa del lucro.

De otro lado, el poder exclusivo del propietario sobre la propiedad, le faculta el excluir de cualquier función deliberativa al asalariado. Este no participa de la gestión de la empresa en la que trabaja.

Robado de la propiedad, excluido de la participación en el lucro y de la gestión de la empresa, trabajando para la ventaja de otro, mandado por otro, el asalariado sería un explotado, un alienado (del latín alienus, ajeno) esto es, alguien que no se pertenece a sí mismo sino a otro.

Pero éstas no fueron las únicas consecuencias deletereas del “pecado original” arriba mencionado. Nacido el egoismo en el campo de la propiedad, continua la mitología marxista, se manifestó también en otros campos. Brotó así en algunos individuos el deseo egoista de poseer una sola mujer, excluyendo a los otros hombres de cualquier comercio con ella, y de considerar a los hijos de ella engendrados como propios. Apareció entonces la familia monogámica, manifestación, en las relaciones entre los sexos, de la propiedad privada, y generadora – junto con ésta – de otras alienaciones y opresiones.

Con el fin de la promiscuidad sexual y la sujección monogámica de la mujer al marido, dicen los comunistas, aquella se tornó una alienada. Escribe Engels: “Cuanto más perdieron las antiguas relaciones sexuales su candoroso carácter primitivo… más envilecedoras y opresivas han debido parecer esas relaciones a las mujeres. (…) La monogamia aparece en la historia como la forma de esclavizamiento de un sexo por el otro” (3).

Esta alienación, continua Engels, repetía la explotación de una clase social por otra: “La primera división del trabajo es la que se hizo entre el hombre y la mujer para la procreación de los hijos. Y hoy puedo añadir: el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamía; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino”. En definitiva, “la familia encierra en miniatura todos los antagonismos que se desarrollarán más adelante en la sociedad y en su Estado” (4).

Por último, el empeño de proteger sus privilegios habría llevado a los propietarios a fabricar todo un cuerpo de instituciones y leyes destinados a mantener su situación. Éste sería el Estado, por medio del cual los propietarios se apropiaron de la gestión de la cosa pública, como ya lo habían hecho con la economía. El Estado sería, portanto, también fruto del egoismo, sería simplemente “una máquina para asegurar el dominio de una clase sobre otra”, en la formula de Lenin. Ya excluidos de la gestión económica, los desposeidos se vieron ahora excluidos también del gobierno. De esta forma, el Estado fue la transposición para el campo político de las relaciones de alienación ya existentes en el campo económico y familiar.

Resumiendo, el egoismo destruyó el paraiso comunista originario y engendró una sociedad fundamentalmente injusta, hecha de estructuras – familia, propiedad, Estado – que dividen a los hombres y que sólo pueden resultar en nuevas injusticias, privilegios, desigualdades, alienaciones, marginalizaciones.

Más allá del socialismo autogestionario, el retorno de la utopia tribalista

Con la división de los hombres en clases sociales, comenzó también la lucha de clases, motor del proceso dialéctico histórico, según la teoría marxista. La meta de dicho proceso sería la superación de todas las alienaciones, vale decir, la destrucción de todas las estructuras opresivas, para alcanzar por fin un estado en que los hombres vuelvan a ser enteramente iguales y libres, como en el inicio. Tal estado sería la sociedad comunista. La historia sería, pues, un lento pero inexorable caminar rumbo a esta utopia igualitaria y libertaria.

Este proceso avanzó por etapas, dicen los marxistas. Surgió primero la sociedad patriarcal de la Antigüedad. Vino después la sociedad feudal. El Renacimiento trajo la modernidad, y con ella la sociedad capitalista, en la cual el antagonismo entre los propietarios (burgueses) y los desposeidos (proletarios) alcanza su auge. Sobreviene el choque violento – la revolución socialista – de la cual nace la dictadura del proletariado. En la dictadura del proletariado, el Estado quiebra por la fuerza el poder de la nobleza y la burguesía, expropiando todos sus bienes en nombre del “pueblo”. A seguir, instrumentalizando la máquina estatal, emprende la educación de los ciudadanos, con vistas a crear el “hombre nuevo” no egoista, propio para vivir en la sociedad comunista.

Logrado el “hombre nuevo”, la máquina de coerción se torna dispensable y el Estado pierde su razón de ser, desintegrándose a seguir, para dar origen, en un primer momento, a un estado de cosas autogestionario en que el poder público es difundido en miríadas de corpúsculos. En ulterior desenvolvimiento, de este estado autogestionario brotaría la sociedad comunista, con lo cual el proceso histórico se habría completado. Y es precisamente esta sociedad comunista que, según el propio testimonio de los teóricos marxistas y neomarxistas, presenta profundas analogías con la tribu o gens.

Con el malogro de la Unión Soviética, el movimiento revolucionario mundial comienza a reconocer que la dictadura del proletariado fracasó en la búsqueda de la perfecta igualdad y libertad. El comunismo sacrificó la libertad a la igualdad y, de hecho, todos los experimentos para desarraigar al hombre de su deseo de dominio y de jerarquia, fracasaron por causa del entrañado egoísmo. El “hombre nuevo” se negaba a nacer…

Para los líderes revolucionarios, se tornó imperioso reformular la utopía igualitaria y libertaria desde su misma base. Y para muchos de ellos el único modelo que ofrece una inspiración “profética” y renovadora de energías para las izquierdas es el del tribalismo primitivo, con su sociedad simple y carente de intereses, y sobretodo con la ausencia de propiedad y deseos de apropiación. Lejos de significar un desvio de la filosofía marxista, esta utopía tribalista, como comentamos al inicio, constituye la realización de sus postulados más profundos.

Si lo que resquebrajó la sociedad comunista primitiva fue el aparecimiento del egoismo, que engendró estructuras de alienación – especialmente la propiedad, la familia y el Estado – la superación de las alienaciones sólo puede venir con el fin del egoismo, y la consecuente extinción de dichas estructuras. Vemos así a los mentores de la Revolución mundial predicar que en esta hora de crisis del mundo industrial, con el inmenso imperio ex-soviético en desmantelamento, es oportuno volverse al mundo indígena, hasta ahora despreciado y relegado, para aprender de los aborígenes que no se dejaron contaminar por el egoísmo de las sociedades modernas.

Superación del egoismo

Los mentores del indigenismo afirman que la tribu representa la superación de raíz del egoismo. Con efecto, estos mitomaníacos ven en la vida tribal una síntesis ilusoria entre el auge de la libertad individual y del colectivismo consentido. En tal colectivismo, los varios “yos” o personas individuales, con su pensamiento, su voluntad y sus modos de ser, característicos y a veces conflictantes, se funden y se disuelven en la personalidad colectiva de la tribu, que engendra un pensar, un querer y un estilo de ser densamente comunes. Bien entendido, el camino para ese estado de cosas tiene que pasar por la extinción de los viejos padrones de reflexión, volición y sensibilidad individuales, gradualmente substituidos por formas de sensibilidad, pensamiento y deliberación cada vez más colectivos.

Con la vuelta a la tribu o gens, pues, se acabaría la inversión morbosa de valores entre individuo y colectividad, volviendo a primar la segunda sobre el primero, y abriéndose así el camino para la superación de todas las alienaciones

Extinción de la propiedad privada

Superado el egoismo, el hombre ya no manifestará deseos de apropiación. Queda así destruido el propio fundamento de la propiedad privada. Esto se realiza de modo insigne en la tribu. En la tribu hay comunidad de bienes, ausencia completa de lucro, de capital, de salarios, de patrones, de empleados y de instituciones económicas a no ser las de producción primaria. El modo de producción de la sociedad tribal tiende a la satisfacción de las necesidades de los miembros de la tribu y sus próximos. Lo que se busca no es la ganancia en dinero, sino la subsistencia. La tribu no tiene una economía de mercado, sino de mera autosuficiencia.

Desde el punto de vista de los mentores de la Revolución, este sistema tiene dos ventajas fundamentales. De un lado acaba con los hábitos consumistas modernos, acicates para el lucro. De otro lado, acaba con el sistema de salarios, con lo cual cesa la posibilidad de explotación de unas personas por otras. Extingida la propiedad privada de los medios de producción, cesa también el fundamento de la jerarquización social: la diferencia de haberes. Acaban, pues, las clases sociales, y los hombres vuelven a ser totalmente iguales. No de balde decían Marx y Engels en el Manifiesto Comunista que “Los comunistas pueden resumir su teoría en esa fórmula: abolición de la propiedad privada”.

Abolición de la familia

De otro lado, el fin del deseo de apropiación, con la consecuente extinción de la propiedad privada, y su substitución por propiedad comunal, traería necesariamente el fin del matrimonio monogámico y el retorno a la comunidad de mujeres propio a la sociedad primitiva. Esto ya era previsto por el propio Engels. “Caminamos en estos momentos”, decía, “rumbo a uma revolución social en que las bases económicas actuales de la monogamia desaparecerán” (5).

En la sociedad comunista, según Engels, los hijos pasarían a ser cuidados por la sociedad, lo que permitiría una total “libertad de comercio sexual”, sin miedo de “‘las consecuencias’, que es hoy el motivo social esencial que impide a una joven de entregarse sin miramientos al hombre a quien ama” (6).

Desmantelamiento del Estado

Con el fin de las clases sociales cesa también – dentro de la óptica comunista – la necesidad de que una clase se imponga a otra por medio de las instituciones y leyes. Cesa, en definitiva, la razón de ser del Estado. “Con el desaparecimiento de las clases desaperecer  inevitablemente el Estado”, escribe Engels.

Este desmantelamiento del Estado pasa primero por una fase llamada socialismo autgoestionario. La autogestión supone que todos dirijan a la vez, de manera que los grandes complejos industriales compuestos por millares de obreros, bien como las grandes ciudades, deben ser desmontados.

El camino hacia la autogestión, afirma el teórico postcomunista francés Jacques Ellul,Jacques Ellul supone la desintegración de las grandes estructuras actuales: “Es necesario que, por todas partes, las minorías tengan, antes que nadie, la palabra y los medios de expresión. Esto es la condición para que sea posible la autogestión. Suena a chiste hablar de autogestión para empresas con miles de obreros o para organismos complejos. Decir autogestión equivale a decir desmontaje de los conjuntos industriales, comerciales, administrativos” (7).

Pero la meta última es la total extinción del Estado. Escribe Engels: “Las clases desaparecerán tan fatalmente cuanto surgieron. La sociedad que organizar  de nuevo la producción sobre la base de una asociación libre llevar  toda la máquina del Estado allí donde, a partir de entonces, le corresponderá tener su puesto, es decir, el museo de las antiguedades, junto al torno de hilar y junto al hacha de bronce” (8).

El retorno a la barbarie

Extinguida la familia, la propiedad y el Estado, el ciclo histórico se completa, y los hombres – de nuevo libres e iguales – estarían listos para volver a la sociedad comunista primitiva, ahora en una “forma superior”, según expresión de Henry Morgan asumida por Marx y Engels. A este respecto escribe Engels:

“El tiempo transcurrido desde el advenimiento de la civilización no es más que una fracción ínfima de la existencia pasada de la humanidad, una fracción ínfima del tiempo futuro que aún le queda por delante. La disolución de la sociedad se yergue ante nosotros, como el término de una carrera histórica. (…) Se inaugurar  la próxima etapa superior de la sociedad.

Leon Trotsky

 (…) Ser  una rediviviscencia de la libertad, igualdad y fraternidad de las antiguas gens, pero bajo una forma superior” (9).

Comentando la afirmación del procurador del Sínodo Ortodoxo, Pobedonosev, de que el bolchevismo conducía de nuevo a la barbarie, León Trotsky

dijo que se trataba de la única persona del viejo mundo zarista que había comprendido la esencia de los cambios buscados por esta corriente. En dicha constatación, ¿no habrá ya insinuado el lider comunista este curso de acontecimientos?

Notas

(1)  Federico Engels, El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado, Editorial Fundamentos, Madrid, 1982, p. 122.

(2) Victor Afanassiev, Filosofia Marxista. Compêndio Popular, Vitoria, Rio de Janeiro, 1963, p. 304.

(3) Federico Engels, El Origen de la Familia, pp. 89, 63.

(4) Ibid., pp. 75, 83.

(5) Ibid., p. 95

(6) Ibid., p. 96.

(7) Jacques Ellul, Changer de Révolution – Le Ineluctable Proletariat, Seuil, Paris, 1982, pp.249-250

(8) Federico Engels, El Origen de la Familia, pp. 216-217.

(9) Ibid., pp. 222-223.

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