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Símbolos y doctrina

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La Iglesia Católica, como Madre y Maestra, supo enseñar a sus hijos a través de doctrinas claras, basadas en las verdades sobrenaturales reveladas por Nuestro Señor Jesucristo. Para ello se sirvió también de símbolos que facilitaran su comprensión para todas las naciones. 

El ejemplo más claro de este modo de expandir la Fe es sin duda la cruz. Ella es un símbolo común para todos los católicos, pero al mismo tiempo es la principal de las verdades teológicas: la salvación nos vino por la Redención que el Hijo de Dios consumó en lo alto del patíbulo.

Crcifijo SRMAsí la cruz, instrumento ignominioso de castigo para ladrones, se transformó en el más alto y sublime símbolo de los católicos. Es con ese signo que entramos a la Iglesia, se nos perdonan los pecados y abandonamos este mundo. 

La doctrina católica sobre el papel de la cruz está tan explicitada en la teología que no queda ninguna duda a los fieles sobre el mensaje de esos dos maderos cruzados. 

Así se podría relacionar todas las enseñanzas católicas con sus respectivos símbolos. El aceite que unge a los enfermos, el agua que purifica las almas y los cuerpos, las cenizas que nos recuerdan que somos “polvo y que en polvo nos convertiremos”, etc. 

La Iglesia nunca impuso el uso de un símbolo sin que detrás de él no hubiera una enseñanza que nos remitiera a las más altas verdades de la Fe. Ella nos enseña que la Fe es “un obsequio de la razón”.

En este sentido las enseñanzas de la Encíclica de SS Juan Pablo II son luminosas: “La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”.  

Juan Pablo II va más lejos aún y subraya que es “ilusorio pensar que la fe, ante una razón débil, tenga mayor incisividad; al contrario, cae en el grave peligro de ser reducida a mito o superstición”.

Estas enseñanzas nos vienen a la memoria con relación a las estatuillas lanzadas al Tibre, que, cual nuevo Moisés, fueron “rescatadas de la aguas” y ahora se anuncia que serán colocadas en lugar de honra para la ceremonia de cierre del Sínodo de la Amazonia en la Basílica de San Pedro.

¿Cuál es el símbolo cristiano de ellas? ¿Cuál es la enseñanza que transmite a los fieles? ¿En qué verdad de la Revelación se apoyan? ¿A qué título le debemos reverencia y cuidado? ¿Por qué razón se entronizan en la Basílica de San Pedro, junto a la tumba del primer Papa?

Todas estas preguntas están sin responder. 

Pareciera que se pretende imponer un “símbolo” carente de una doctrina. O que, peor aún, si quisiera introducir una doctrina falsa a través de un “símbolo” ambiguo. 

La advertencia de que la fe, que no se apoya en una razón fuerte, “cae en el grave peligro de ser reducida a mito o superstición”, cobra una dramática actualidad. 

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