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Levantamiento indígena contra el V Centenario

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En ocasión del V Centenario del descubrimiento de América, en 1992, levantó cabeza el movimiento indigenista, que contesta la obra civilizadora y evangelizadora en el Nuevo Continente. Este movimiento era insuflado por las izquierdas, huérfanas del comunismo marxista, y recicladas en nuevos tipos de lucha de clases, entre los cuales el enfrentamiento de los pueblos indígenas contra la cultura occidental, en realidad contra la Iglesia Católica. 

The Discovery of America

El fondo de cuadro, como hemos explicado en otro artículo (“La nueva lucha de clases”), era el aparente fin del comunismo. Diferenciándonos de tantos optimistas ciegos, mostrábamos en dicho artículo que lo que ha muerto no fue el comunismo sino únicamente una forma del mismo, el llamado capitalismo de Estado o socialismo real. Superada esta etapa, el proceso revolucionario se aprestaba a avanzar hacia posiciones aún más radicales, especialmente através de las llamadas revoluciones culturales. Apuntábamos también el surgimiento de las corrientes tribalistas que, en profundidad, llevan el espíritu revolucionario a extremos apenas soñados por el comunismo de viejo cuño. En muchos aspectos, pues, esta era de postcomunismo es en realidad una era de transcomunismo.

En esta nueva perspectiva, asistimos también a intentos de maquillaje de antiguos mitos marxistas, entre los cuales el de la lucha de clases. Se afirma que la desaparición de la tensión Este-Oeste ha dejado al descubierto otra supuestamente más grave entre el Sur (países pobres) y el Norte (países ricos). Así, al viejo antagonismo entre proletarios y burgueses (a nivel nacional) y entre mundo comunista contra mundo libre (a nivel internacional) sucedería esta nueva confrontación.

En todo su despliegue, tal confrontación no sería meramente política y económica, sino una lucha de civilizaciones, según expresión cada vez más frecuente en medios izquierdistas. Traería ella el embate entre las “oprimidas” culturas indígenas de América Latina, tribales del África negra y paganas del extremo Oriente, contra la “opresora” civilización occidental cristiana, cuya hegemonía se trataría de derribar. Todo esto traza los contornos de una auténtica revolución mundial, precisamente cuando el comunismo parecía estar muriendo.

Encerrábamos apuntando un aspecto fundamental de la situación: la existencia de quintacolumnas del Sur en el Norte. Entre éstas se destaca por su virulencia y posibilidades de movilización la izquierda “católica”, fiel compañera de ruta del socialismo real, en su tiempo, y ahora compañera no menos fiel de la nueva lucha de clases indigenista. Como movida por uma misteriosa mano, la izquierda “católica” en todo el mundo, y notadamente en nuestro país, está abandonando a una la vieja retórica marxista y las reivindicaciones proletarias, para asumir el nuevo lenguaje de la revolución cultural y de las reivindicaciones indigenistas contra la civilización europea.

A raiz del V Centenario, el lanzamiento de la nueva lucha de clases

En 1992 se celebró el V centenario del descubrimiento de América, fecha en que, naturalmente, la obra misionera y civilizadora de España y Portugal en el Nuevo Mundo fue puesta en foco. Todos los buenos católicos, de ambos lados del Atlántico, celebraron la epopeya ibérica, que abrió para la Fé de Nuestro Señor Jesucristo tan vastas tierras. Un sector, sin embargo, no participó del júbilo general  y antes bien se levantó contra la obra de nuestros antepasados. Nos referimos a izquierdas de varios jaeces que, tanto a nivel estatal como internacional, organizaron una ingente campaña para contestar la evangelización de América.

Se creó inclusive una Asociación Contra el V Centenario, entidad de inspiración socialista con sede en Puerto Real, Cádiz, y que aglomeraba diversos colectivos, entre los cuales algunos ligados a la izquierda “católica”. Varios sacerdotes participaban de esta entidad. La meta de dicha asociación, según un vocero, era de “denunciar públicamente las celebraciones en favor del V Centenario, realizar una revisión crítica de las interpretaciones históricas del evento y construir lazos de solidaridad con los movimientos populares de América Latina”. La Asociación realizó  varios congresos a fin de coordenar la campaña antihispánica.

Más allá de las cuestiones concretas levantadas por la campaña izquierdista, ella sirvió para lanzar en el escenario internacional la nueva lucha de clases del Sur contra el Norte, o por lo menos un aspecto de ella, concretamente, la insurrección de los pueblos indígenas contra la cultura cristiana europea.

La izquierda “católica” no podía estar ausente de dicha concertación. Muestra de ello fue el XI Congreso de Teología Juan XXIII, realizado en 1991 en el Colegio Calasancio de los PP. Escolapios, en Madrid. Intitulado “V Centenario: Memoria y Liberación”, el congreso constituyó una larga e insolente catilinaria contra la obra misionera y civilizadora de España. Oradores e intervinientes, tanto españoles como latinoamericanos, se sucedieron ante el micrófono para denunciar la “invasión española”. No sin cierto masoquismo, se multiplicaron los pedidos de perdón por la “expoliación” de las culturas aborígenes. “Frente al imperio invasor, yo prefiero a las tribus”, dijo por ejemplo un exaltado interviniente.

Idílicos retratos de los indios (“gente sencilla, amable, respetuosa de los otros”) eran contrastados con terribles descripciones de los europeos (“egoistas y llenos de stress”). En suma, encuanto los primeros eran investidos con todos los simpáticos atributos con que el antiguo socialismo agraciaba al “pueblo”, los segundos se veían colocados en el banquillo hasta hace poco ocupado por los “burgueses explotadores”. La nueva lucha de clases se iba así delineando.

En tal clima, el evento sirvió también para lanzar la llamada “Teología indigenista”, uno de los fundamentos doctrinales de la nueva dialéctica. No obstante repetidas menciones de que los oradores principales “no se habían visto hacía meses”, cada uno de ellos elaboró, con la precisión de un trabajo científico, los lineamientos de dicha teología.

Dedicaremos el presente artículo al análisis – necesariamente esquemático – de algunos puntos de la nueva lucha de clases, dejando para otra ocasión la exposición de su doctrina subyacente, esto es, el indigenismo. Los lectores tendrán así un golpe de vista de algunos aspectos fundamentales de este mundo postcomunista.

Muerte del socialismo real y aparecimiento de la nueva lucha de clases

Chilean priest pictured in front of St. Anthony Catholic Church in Soyapango, El Salvador

El primer punto constatado por los oradores del congreso con la rutina de una melopea es la muerte del socialismo real. Para la izquierda “católica” latinoamericana, esta muerte se configuró especialmente con la derrota electoral del gobierno sandinista en Nicaragua, en 1990, y el consecuente encojimiento de las insurrecciones “populares” en el continente americano. “Golpe tremendo”, “derrota nefasta”, “triste episodio” y otras frases similares escapaban amargamente de los labios de los teólogos Juan XXIII refiriéndose al descalabro del socialismo marxista, al cual dedicaron los mejores años de sus vidas. “La crisis del socialismo histórico ha repercutido muy negativamente en el Tercer Mundo”, se lamentaba el sacerdote secularizado chileno Pablo Richard, miembro fundador de “Cristianos por el Socialismo” en 1971. No faltaron inclusive nostálgicos aplausos a Fidel Castro, el entonces encanecido símbolo de la linea dura.

Tal descalabro del socialismo, empero, no significa el fin de la lucha revolucionaria, continuaban los oradores. Ésta simplemente cambió de aspecto y de protagonistas. El fin de la división del mundo entre Este y Oeste, repetían, ha dejado al descubierto una división mucho más profunda: aquella entre países pobres y países ricos. No se trata ya de la “opresión” de una clase – la burguesía – contra otra clase – el proletariado – sino de la “opresión” de países, o mejor, de areas de civilización contra otras.

“Ya el imperio del mal [Rusia] ha desaparecido, y la guerra fría tiende a desaparecer inclusive en los trópicos”, afirmaba el sacerdote hispano-panameño Xavier Gorostiaga, S.J. Según él, ahora es el Sur el que ocupa el papel del Este en la dialéctica internacional. “Hay una ideologización inversa del Sur”, decía el orador, “ahora el Sur es el enemigo. No somos el imperio del mal, somos el tugurio del mal. De allí viene la migración, la invasión del Sur, viene la droga, viene el terrorismo. Los males del mundo vienen del Sur. Y se da una sofisticada ideologización para presentar el mal en el Sur”.

El Sur, continuaba el sacerdote jesuita, es víctima de un orden internacional que lo mantiene en estado de “opresión”: “Nunca en la historia de la humanidad, ni siquiera en los últimos 500 años, se ha dado un fenómeno de concentración y centralización del poder, de la riqueza, de la tecnología, del poder militar como en estos momentos. La brecha entre el Norte y el Sur va a tender  a agravarse, aún con mayor rapidez si no hay un cambio”.

Esta tremenda concentración de poder político y económico en el Norte, y los mecanismos de “opresión” que engendra contra el Sur, continuaba el pensador jesuíta, configuran un “neocolonialismo” mucho peor que el colonialismo ibérico de los últimos cinco siglos: “Estamos en un proceso de neocolonialismo, peor del de hace 500 años, porque reproduce y multiplica la pobreza más y con más profundidad que hace 500 años”. Así como, inspiradas por la Revolución Francesa, las naciones latinoamericanas se rebelaron contra la “opresión” de la metrópoli en el siglo XIX; así como, inspirados por la revolución comunista, los proletarios se rebelaron contra la “opresión” de la burguesia en el siglo XX, impónese ahora un proceso de “liberación” del Sur contra el neocolonialismo del Norte. Esta dialéctica, según el P. Gorostiaga, hace parte de las luchas del siglo XXI: “Yo mantengo en la ponencia que hemos comenzado ya el siglo XXI, estructuralmente”.

Hé aquí la nueva lucha de clases claramente trazada.

Revolución cultural, el choque de civilizaciones

A diferencia de las anteriores, esta “liberación” del Sur no debe ser entendida primordialmente en el sentido de lucha armada, mismo porque, como recordó un orador, la Guerra del Golfo del 1990 mostró la insesatez de desafiar al Norte en este campo. Tampoco debe ser entendida exclusivamente como un movimiento político con vistas a tomar el poder. La experiencia sandinista mostró que no basta con poseer el poder para hacer triunfar la Revolución. Es preciso un

a transformación mucho más profunda, si bien que aparentemente pacífica: una revolución cultural. 

Fr Oscar Beozzo

“El frente de lucha hoy en dia es fundamentalmente cultural, ético y espiritual y no ya militar”, repetía Pablo Richard, uno de los principales apologistas de la guerrilla comuno-castrista en los años 70 y 80. “Estas cuestiones desde lo cultural son hoy muyimportantes, como no lo eran antes”, sentenciaba por su vez el teólogo de la liberación brasileño P. Oscar Beozzo.

Por “cultural” entienden estos teólogos que la “opresión” del Norte contra el Sur no se opera únicamente por mecanismos económicos y políticos, sino por la imposición de toda una civilización alienígena sobre las culturas latinoamericanas originales. “No podemos celebrar el genocidio de nuestra gente”, proclamaba el P. Beozzo, “no podemos celebrar el proceso forzado de aculturación impuesta, no podemos celebrar la destrucción de nuestro modo de vida, de nuestra religión, de nuestras creencias”.

La “liberación” del Sur, por lo tanto, no puede restringirse a lo económico y político, como pretendía el viejo marxismo. Ella tendrá que pasar por el rechazo de la civilización occidental cristiana traida por los europeos, y su substitución por otra supuestamente autóctona, paso que muchos interpretan como una vuelta a las raices indígenas. En este sentido, la revolución cultural incluye y supera el socialismo. “No basta la revolución socialista para que [el Sur] se reconozca en este tipo de movimiento [de liberación]”, declaraba el P. Beozzo.

Estamos, pues, frente a un verdadero conflicto de civilizaciones, algo muchísimo más profundo que la vieja lucha de clases. “La crisis de civilización es una crisis ética, mucho más que económica y política”, afirmaba el P. Gorostiaga, “esta civilización del Norte no es reproducible para toda la humanidad, ella no es universalizable. Necesitamos una nueva dirección y un nuevo conjunto de valores y prioridades. Estamos en un momento de cambios copérnicos, estamos en esta encrucijada de civilizaciones”.

¿Cuál es este “nuevo conjunto de valores y prioridades” que deber  substituir el de la civilización occidental cristiana?

La “alternativa” del Sur

“En América Latina”, continuaba el P. Gorostiaga, “en medio de la década perdida, como se llama a los 80, hay un conjunto de propuestas alternativas sorprendentemente coincidentes”. En la era de la revolución socialista, las “alternativas” venían sobre todo de los partidos de izquierda y de los movimientos revolucionarios. En esta era de neorrevolución cultural, repetían los oradores, las “alternativas” están viniendo de la sociedad civil, de movimientos populares más o menos espontaneos, los cuales están sentando las bases de una “civilización desde abajo”.

Precisamente, decían los oradores, quizás la consecuencia más positiva del fin del comunismo, es que las izquierdas latinoamericanas podrán ahora desvencijarse de vetustos dogmas marxistas y abrirse a perspectivas m s radicales. “Desde el sur”, decía el P. Xavier Gorostiaga, “lo más positivo de la crisis del Este es que, por primera vez, vamos a estar libres de un mimetismo ideológico en relación con las alternativas que venían del Este. Yo creo que la crisis del Este va a desarrollar enormemente la creatividad teórica e ideológica en América Latina. Éste es uno de los momentos de mayor creatividad en América Latina”.

¿En qué dirección apunta esta creatividad, según los teólogos de la liberación?

Democracia participativa, autogestión. Una primera característica de esta civilización “desde abajo” sería la autogestión, sistema en que la democracia participativa o directa substituye la democracia representativa indirecta. Se fragmentan los grandes conglomerados de poder – tanto político como económico – incluso el Estado, y pasan a prevalecer los pequeños núcleos autogestionarios. “América Latina está pidiendo una profunda democratización de todas las estructuras de poder”, exclamaba el P. Gorostiaga, “el Estado fracasó en el Este, y la alternativa no puede venir del Estado. Es fundamental democratizar el Estado, las instituciones, la banca, las universidades. La emergencia de los nuevos movimientos populares trae la exigencia radical de la democracia, no una democracia superficial sino una democracia profunda de las instituciones, una democracia participativa”.

Ecología. Una segunda característica mencionada por lor oradores es el carácter ecológico de la civilización del Sur. “Hoy necesitamos una civilización abierta a lo ecológico”, afirmaba el P. Gorostiaga. Pablo Richard, por su lado, explicaba que la alternativa del Sur gira en torno de la “eficiencia reproductiva, un sistema de producción de bienes donde la fuente de toda producción, el ser humano y la naturaleza, sean conservados, desarrollados, em vez de ser destruidos”. En suma, concluía Richard, impónese “una defensa de la vida y de la naturaleza como un bien absoluto”.

Neoproletariado. Otra característica de la “alternativa” del Sur es que los protagonistas de las transformaciones revolucionarias no son ya solamente los proletarios, como en el viejo marxismo, sino toda suerte de categorías que, bajo cualquier aspecto, se sientan “oprimidas” por el sistema y busquen su “liberación”. “La década de los 80”, explicaba el P. Gorostiaga, “es la década que coincide con la revolución de la sociedad civil en América Latina. Se da el fenómeno de la avalancha de la sociedad civil, aparecen los nuevos sujetos”. Obviamente, il teólogo de la liberación usa aquí el término “sujeto” en el sentido marxista, o sea la clase motriz de las transformaciones revolucionarias.

Entre los “nuevos sujetos”, los oradores invariablemente resaltaban a los indios. “Un sector que debemos mirar con más cuidado es el sector indígena”, decía el P. Beozzo, “frente a la cuestión del V Centenario, son ellos los que han dado la cara con más radicalidad”.

Hénos aquí llegados al núcleo de nuestro artículo.

Levantamiento indígena

Precisamente cuando el V Centenario puso en foco todo el problema de la colonización de América Latina, y las izquierdas lanzaron a nivel internacional la nueva lucha de clases, irrumpió un nuevo e inquietante fenómeno, que vino de encuentro a este panorama: como impulsados de repente por invisible mano, grupos indígenas – desde los hielos del Canadá hasta las pampas de Argentina – comenzaron a agitarse y algunos, inclusive, a sublevarse por las armas. Se hablaba de un “levantamiento indígena”. Hitos de este levantamiento fueron, por ejemplo, la insurrección indígena de Ecuador, en julio de 1990, que mantuvo en polvorosa el país por más de un mes, dejando muertos y heridos; y también el episodio de Oka, en Canadá, cuando indios iroqueses fuertemente armados interdictaron por una semana el principal puente de acceso a Québec, llegando inclusive a resistir al ejército. Hubo un policía muerto.

Este levantamiento indígena estuvo presente como fondo de cuadro durante el XI Congreso de Teología, como una de las grandes esperanzas de la nueva dialéctica. Lo constató, por ejemplo, el P. Oscar Beozzo al afirmar que “existe esta cuestión indígena, en este momento, desde el norte de Méjico, pasando por los altos de Chapas, por Guatemala y llegando hasta Argentina, y hasta los Mapuches en Chile. Hay en este momento una concertación indígena tremenda en América Latina. Y frente a la cuestión del V Centenario, yo creo que son los grupos que plantean las cosas más radicales”.

Cabe la pregunta, ¿quién estaba por detrás de dicha “concertación”? ¿Por qué ese súbito aparecimiento de agitaciones indígenas en todo el continente americano? ¿Era mera coincidencia que este movimiento surgiese precisamente cuando se lanzaba la nueva lucha de clases con ocasión del V Centenario? Sin recurrir desde ya a la clásica indagación jurídica qui prodest? (¿A quién aprovecha?), registremos que algunas pistas de respuesta aparecieron durante el Congreso de los teólogos de la liberación.

Presentes en el congreso habían representantes de diversas entidades participantes de la campaña contra el Centenario, los cuales no escondían su articulación internacional y su vinculación con el movimiento indígena. El vocero de la Asociación Contra el V Centenario, por ejemplo, declaró que su entidad “tiene contactos bastantes estrechos con la campaña más importante que hay, la campaña de las organizaciones indígenas campesinas. Es el primer intento serio de unir a la mayoría de las organizaciones indígenas y campesinas de todo el continente”. El P. Justo González, misionero español en Riobamba, Ecuador, que participó del levantamiento de 1990, igualmente mostró en su ponencia que “en toda América Latina los indios se están organizando bastante bien, a base de federaciones”.

Pero tal vez el dato más revelador fue el ofrecido por Froilán Viteri Gualinga, indígena

Confederation of Indigenous Nationalities of Ecuador

ecuatoriano, y representante de la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador), entidad que coordinó el mencionado levantamiento. En su aplaudidísima ponencia, Froilán explicó que fueron la revolución bolchevique de 1917 y, especialmente, la revolución cubana de 1959 las que permitieron el aparecimiento de intelectuales de izquierda que, por primera vez, comenzaron a levantar el problema indígena. Pero no fue hasta 1960, con el surgimiento de la Iglesia popular que la toma de consciencia de los indios tuvo lugar. Si no fuera por la acción de religiosos y agentes pastorales que, en el seno de las llamadas comunidades eclesiales de base, llevaron a cabo una profunda labor de conscientización, tal vez esta articulación nunca tuviese acontecido.

Una nueva Iglesia

Pero aún no hemos llegado al término de nuestro análisis. El cambio pretendido por los mentores de la nueva dialéctica no se agota en el campo político, social, económico y cultural. Alcanza también a la Iglesia. Pretenden nada menos que “reinventar” la Iglesia católica, substituyéndola por otra, centrada no más en Roma sino en la nueva cilización indigenista del Sur.

“La periferia es la Roma del siglo XXI”, declaraba enfáticamente el P. Xavier Gorostiaga. Esto supone el aparecimiento de una nueva Iglesia. Usando expresiones tomadas del teólogo de la liberación brasileño Fray Leonardo Boff, el sacerdote jesuita continuaba: “Hace falta una nueva eclesiogénesis. Hay que reinventar la Iglesia en tiempos de crisis de civilización. Hay que ir hacia esa nueva Roma desconocida, el Sur”.

¿Cuál es el alcance de esta neorrevolución que la izquierda “católica” está lanzando en substitución de la malograda revolución socialista, una neorrevolución que afecta no sólo el campo sociopolítico, sino que pretende establecer una nueva civilización y hasta una nueva Iglesia? Volveremos al tema.

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