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La “Iglesia con rostro amazónico” y el peligro de la “herejía étnica” (Parte 1)

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The Second Vatican Council

Uno de los equilibrios más delicados en la Iglesia Católica es la adecuada relación entre las partes y el todo, entre las comunidades diocesanas y la Iglesia universal, entre los obispos y el Papa, entre el rito latino y los ritos orientales. Lo atestiguan el Cisma de Oriente, la ruptura anglicana, la controversia galicana y, en la actualidad, el acuerdo secreto entre el Vaticano y el gobierno comunista de Pekín, que promueve abiertamente la “sinización” de la Iglesia en China y quiere obligar a todos los clérigos y fieles católicos a ingresar en la llamada Iglesia “Patriótica”. Lo que está en juego en tal equilibrio es, ni más ni menos, lo que confesamos en el Credo: que la Iglesia es simultáneamente una y católica (universal).

Por su origen ibérica, la Iglesia latinoamericana fue siempre un baluarte de catolicidad y de fidelidad a Roma, hasta que no desembarcó en sus playas la Teología de la Liberación, fabricada en universidades europeas. La próxima Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos sobre la región pan-amazónica puede representar un nuevo y enorme paso rumbo a una “herejía étnica” de matriz indígena que amenace la unidad y la universalidad de la Iglesia Católica.

En efecto, bajo el pretexto de “soñar con una Iglesia de rostro amazónico”, el Documento Preparatorio del Sínodo promueve una “amazonización” de tales proporciones que, desde el punto de vista psicológico, ritual y ministerial, dejaría a las comunidades locales más alejadas del resto del catolicismo que la distancia que nos separa del anglicanismo o de las iglesias ortodoxas; y eso aunque las comunidades amazónicas, contrariamente a estos últimos, continúen a reconocer, por lo menos teóricamente, el primado y la jurisdicción universal del Papa (sin consecuencias reales, como en la nueva Iglesia china concordataria).

En China, se trata de una “sinización” forzada de la Iglesia local, con el beneplácito de la Santa Sede[1], para colocarla al servicio de la agenda totalitaria del Partido Comunista, como lo afirma descaradamente el documento intitulado “Políticas públicas y prácticas de China sobre la protección de la libertad de creencias religiosas”[2].

Los contornos de ese proceso son enunciados en el Documento Preparatorio del Sínodo, especialmente en su capítulo “III Actuar. Nuevos caminos para una Iglesia con rostro amazónico”, que parte del presupuesto que “ ‘ser Iglesia es ser Pueblo de Dios’, encarnado ‘en los pueblos de la tierra’ y en sus culturas”, por lo que “la universalidad o catolicidad de la Iglesia …  se ve enriquecida con ‘la belleza de este rostro pluriforme’  de las diferentes manifestaciones de las Iglesias particulares y sus culturas”. La Iglesia debe, por lo tanto, profundizar su identidad y crecer en su espiritualidad “escuchando la sabiduría de sus pueblos”. Así, “en el proceso de pensar una Iglesia con rostro amazónico” hay que soñar con los pies puestos en la tierra de origen y pensar de ojos abiertos “cómo será esa Iglesia a partir de la vivencia de la diversidad cultural  de los pueblos”[3].

Al tratar específicamente de los “ministerios con rostros amazónicos”, el documento reitera que “la Iglesia católica ha profundizado la conciencia que su universalidad se encarna en la  historia y las culturas locales” y que “de este modo se manifiesta y actúa la Iglesia de  Cristo, una, santa, católica y apostólica”[4].

Esa última cita remite a un trecho del decreto conciliar Christus Dominus sobre el ministerio pastoral de los obispos que no dice nada sobre la cultura, sino que afirma que “la diócesis es una porción del Pueblo de Dios que se confía a un Obispo para que la apaciente” y que ella “constituye una Iglesia particular”[5].

Ese párrafo de Christus Dominus está en la médula de una disputa que se arrastra desde el Concilio Vaticano II sobre la manera de comprender el carácter universal de la Iglesia a partir de la comunidad diocesana y, específicamente, cuál es la mejor designación de esta última: “Iglesia particular” o “Iglesia local”[6].

Karl Rahner fue el primero a enfrentar el tema y a usar la expresión “Iglesia local”; pero Henri de Lubac hizo el primer ensayo significativo para clarificar la terminología conciliar, defendiendo en cambio el uso de la expresión “Iglesia particular”[7], en lo que fue seguido por otros, especialmente por la Comisión Teológica Internacional[8] y por los redactores del Código de Derecho Canónico[9].

Los seguidores de Rahner afirman que la opción de Lubac fue arbitraria y resultó de la preocupación de evitar un posible desvío hacia una comprensión puramente sociológica de la Iglesia, lo que aparecería claramente en los escritos de Joseph Ratzinger que denotan, según uno de ellos, por una parte, “este temor de una Iglesia que se repliega sobre su particularidad (étnica, nacional o social) hasta encontrar en ella su polo de identidad”[10], y por otra, un cuadro conceptual “en el cual se mezclan consideraciones a respecto de las comunidades de base (una comunidad podría pretender llegar por sí misma a hacer la Iglesia y no más a recibir su carácter eclesial de la convocación de Dios), o aún sobre el peligro de repliegue de las Iglesias al interior de la fronteras nacionales”[11].

De hecho, según el entonces Cardenal Ratzinger, “lo que es constitutivo de la Iglesia local (…) es menos el lugar, el elemento geográfico, que la comunión con el obispo – por lo tanto, el elemento teológico”; y agrega: “En el concilio [Vaticano II], la Iglesia local fue definida (…) en referencia al obispo, no según el lugar tomado como unidad geográfica”[12].

Por el contrario, el dominicano Henri-Marie Legrand sustenta que “una Iglesia particular (…) no debe ser comprendida primero en función del ministerio episcopal, sino que ella es fundamentalmente la respuesta a un Evangelio escuchado en un espacio humano”[13] y que “hacer equivaler automáticamente iglesia episcopal e iglesia local es permanecer víctima de la antigua ‘jerarcología’ ”[14].

Ante la difusión de este error, la Congregación para la Doctrina de la Fe, de la que Joseph Ratzinger era Prefecto, se había visto obligada a publicar, en marzo de 1985, una notificación a respecto del libro Iglesia, carisma y poder, de autoría de Leonardo Boff. En dicha notificación, la Congregación reconoce que “la Iglesia universal se realiza y vive en las Iglesias particulares y éstas son Iglesia, permaneciendo precisamente como expresiones y actualizaciones de la Iglesia universal en un determinado tiempo y lugar”, pero insiste en que” la verdadera reflexión teológica nunca debe contentarse sólo con interpretar y animar la realidad de una Iglesia particular”[15].

En realidad, la reflexión teológica de Leonardo Boff tomaba como punto de partida, no una Iglesia particular, sino el fenómeno de las llamadas Comunidades Eclesiales de Base (CEB),General Assembly in Medellin promovidas por el Episcopado Latinoamericano a partir de su asamblea general de Medellín (1968)[16]. Para el ex-fraile franciscano, “el surgir de las comunidades de base y la praxis que en ellas predomina posee un innegable valor cuestionante de la forma vigente de ser-Iglesia” y, por eso, “el término que mejor expresa esta experiencia es el empleado frecuentemente en este contexto: reinvención de la Iglesia. La Iglesia comienza a nacer desde las bases, desde el corazón del Pueblo de Dios” [17].

Esta nueva Iglesia de las CEB, además de restituir a la comunidad el poder sacro y el “material simbólico” (o sea, los sacramentos), implantaría un nuevo concepto de unidad y de universalidad de la Iglesia. En la Iglesia tradicional, según el teólogo brasileño de la liberación, la unidad se presenta “de forma monolítica como uniformidad de una misma doctrina, de un mismo discurso, de una misma liturgia, de una misma ordenación eclesiástica (derecho canónico), de una misma moral y, a ser posible, de una misma lengua (el latín)”[18]. Y la catolicidad “no se define por sus elementos concretos (encarnación en las diversas culturas e iglesias locales), sino por sus elementos abstractos (la misma jerarquía, los mismos sacramentos, la misma teología)”[19].

En la Nueva-Iglesia de las Comunidades de Base, en cambio, la unidad se estructura fundamentalmente a partir de la misión libertadora: “Ciertamente esa Iglesia de base tiene la misma fe, recibe y administra los mismos sacramentos y se encuentra en comunión con la gran Iglesia estructurada jerárquicamente, pero esa unidad interior se crea y alimenta a partir de una referencia a la exterioridad que es la misión”[20].

Entendida a partir de dicha misión libertadora, “la unidad facilita el entendimiento de la universalidad”, asegura Boff: “Las comunidades de base tienen una nítida inscripción social de clase (pobres, explotados), pero al mismo tiempo explicitan una vocación universal: justicia para todos, derechos para todos y participación para todos. (…) Las causas postuladas por las comunidades son causas universales y se hacen universales en la medida en que asumen la universalidad de esas causas; por eso no son comunidades cerradas en sus propios intereses clasistas; todos, de cualquier clase, los que opten por la justicia y se integren en sus luchas encontrarán un lugar en su seno”[21].

En el plano teológico, tales causas universales de liberación de los oprimidos no son sino una encarnación histórica del plano divino y universal de salvación, que da origen a las Iglesias particulares: “La universalidad de la Iglesia reside en la universalidad del ofrecimiento salvífico de Dios. El misterio salvífico universal se manifiesta en el espacio y en el tiempo y, al revelarse, asume las particularidades de épocas y lugares. Así surge la Iglesia particular. Esta es la Iglesia universal en cuanto manifestada, concretizada, historificada: ‘es la Iglesia universal acontecida’”[22].

Pero, a la manera protestante (la “comunidad de los verdaderos creyentes” creada por la Palabra de Dios), la Iglesia universal de Boff es una realidad neumática, porque ella  “existe en la forma del misterio que es el modo de existencia de Dios: más allá de todos los límites y determinaciones” y no como “parte de un todo supuestamente existente por sí mismo y de forma física, la Iglesia universal”[23]. Ella se torna visible apenas “en los parámetros de un tiempo y un lugar, de un medio y de una cultura”[24]. O sea, cada comunidad eclesial “es la Iglesia toda porque en cada Iglesia particular está totalmente el misterio de salvación; pero no es toda la Iglesia porque ninguna Iglesia particular agota por sí sola toda la riqueza del misterio de salvación”[25].

Pero, ¡ojo!, “ninguna Iglesia particular (diocesana, romana o cualquier otra, célebre por su tradición apostólica, por su liturgia o por sus santos y maestros) puede cerrarse en sí misma o imponerse a las demás haciendo aceptar sus particularidades”[26]. Porque, “lo universal no es la unificación y la homogeneización”, sino al contrario, “lo universal es la apertura en todas direcciones y en especial hacia el misterio salvífico que se manifiesta en cada Iglesia particular”[27].

En la práctica, eso se traduce en que las diferentes comunidades locales pueden desenvolverse autónomamente en cualquier dirección, sin que Roma pueda intervenir. Tanto más cuanto, según el ex-fraile franciscano mentor de las comunidades de base, “la fe en la presencia activa del Resucitado y de su Espíritu en el seno de toda la comunidad humana” debe llevar “a concebir a la Iglesia más a partir de la base que a partir de la cumbre” y a “aceptar la corresponsabilidad de todos en la edificación de la Iglesia, y no únicamente de algunos pertenecientes a la institución clerical” [28].

Mons José Belvino do NascimentoUn ejemplo elocuente del sectarismo al que llegaron las CEB de Brasil ‒ como fruto de la impregnación en ellas de las teorías que acabamos de resumir ‒ es la “Profesión de Fe en las CEB” escrita por Mons. José Belvino do Nascimento, Obispo Emérito de Divinópolis, e inserida en un manual para celebraciones en residencias particulares, publicado en 2012 y destinado a los Círculos Bíblicos de cuatro diócesis de la Provincia Eclesiástica de Espírito Santo. Siguen algunos de los 23 enunciados de ese insólito “credo” alternativo que proclama su fe, no en la Iglesia Católica, sino en las Comunidades Eclesiales de Base:

“Niños: Yo creo en las CEB, donde la palabra de Dios es escuchada, compartida y confrontada con el día a día, en esta simbiosis divina de fe y vida.

“Adolescentes / Jóvenes: Yo creo en las CEB, celebrando la Eucaristía y el Culto a Dios, y celebrando el compartir los dones y servicios sólo por amor.

“Adultos: Yo creo en las CEB, estos pequeños grupos de personas y de familias, donde las relaciones de profunda comunión y fraternidad llevan a una íntima convivencia por la fe en Jesucristo.

“TODOS: ¡CREO SEÑOR, PERO AUMENTAD MI FE! (…)

“Niños: Yo creo en las CEB, como germen de producción humana y de desarrollo Eclesial, político y social, como fruto de la fe, como gesto de esperanza, como testimonio de amor.

Adolescentes / Jóvenes: Yo creo en las CEB, como semillero de futuros líderes políticos y sociales que hagan de su fe la raíz, de su esperanza la fuerza y de su amor el secreto para la promoción del bien común.

Adultos: Yo creo en las CEB, por un principio de fe: el Evangelio que puede llevarnos a superar los instrumentos y las estructuras de muerte.

“TODOS: ¡CREO SEÑOR, PERO AUMENTAD MI FE! (…)

“Padres/Madres: Hermanos y hermanas, pensando en la felicidad de tantos, pensando en el bien de la Iglesia y en la gloria de Dios es que hago, del fundo del corazón, esta Profesión de Fe: ¡Yo creo en las Comunidades Eclesiales de Base!

“TODOS: ¡AMÉN!”[29]

Este manual catequético – que podría servir de modelo a los dirigentes chinos para reeducar a los católicos de la Iglesia subterránea con un nuevo “pequeño libro rojo” intitulado “¡Yo creo en la Iglesia Patriótica!” – es más bien reciente. Pero, el desvío sectario de las Comunidades Eclesiales de Base ya era evidente cuando Juan Pablo II hizo su primera visita a Brasil, en 1980. Al regresar a Roma, dirigió a los líderes de las CEB de Brasil un mensaje, en el cual les advertía lo siguiente:

“Entre las dimensiones de las Comunidades Eclesiales de Base, juzgo conveniente llamar la atención para aquella que más profundamente las define y sin la cual su identidad se desvanecería: la eclesialidad. Subrayo esta eclesialidad (…) porque el peligro de atenuar esa dimensión, o inclusive de dejarla desaparecer en beneficio de otras, no es ni irreal ni remoto, sino siempre actual. Es particularmente insistente el riesgo de intromisión de lo político. (…)  Baste recordar que esa eclesialidad se concretiza en una sincera y real vinculación de la Comunidad a sus legítimos pastores, en una fiel adhesión a los objetivos de la Iglesia, en una total apertura a las otras comunidades y a la gran Comunidad de la Iglesia Universal, apertura que evitará toda tentación de sectarismo”[30].

La subsecuente condenación de los desvíos de la Teología de la Liberación, en 1984, y el desplome del imperio soviético cinco años más tarde redujeron mucho la influencia de las Comunidades de Base en la vida interna da la Iglesia Latinoamericana. Además, muchos de sus dirigentes y miembros más activos se envolvieron preferentemente en las actividades de agitación político-social de los llamados “movimientos populares”. Siguiendo los pasos de la izquierda mundial, la Teología de la Liberación abandonó entonces el marco conceptual del marxismo ortodoxo (que atribuía a los proletarios del mundo entero, en cuanto clase social única y universal, el rol de antítesis del sistema capitalista), en favor del marco conceptual del Posmodernismo (que dispersa ese rol contestatario entre las diversas “minorías discriminadas”: feministas, homosexuales, negros, inmigrantes, indígenas, etc.)[31]. Así, en el mundo eclesial latinoamericano, la “eclesiogénesis” liberacionista de los colegas de Leonardo Boff se recicló, adoptando ropajes indígenas y la teología india, y usando como balón de ensayo las montañas de Chiapas, en el sur de México.

Es lo que veremos en el próximo artículo, bien como la reacción enérgica del Vaticano.

Nota

[1] Véanse, por ejemplo, las siguientes declaraciones del Cardeal Pietro Parolin, Secretario de Estado del Vaticano, al cotidiano Global Times, estrechamente ligado al Partido Comunista Chino: ” For the future, it will certainly be important to deepen this theme, especially the relationship between ‘inculturation’ and ‘sinicization,’ keeping in mind how the Chinese leadership has been able to reiterate their willingness not to undermine the nature and the doctrine of each religion. These two terms, ‘inculturation” and ‘sinicization,’ refer to each other without confusion and without opposition: in some ways, they can be complementary and can open avenues for dialogue on the religious and cultural level” (http://www.globaltimes.cn/content/1149623.shtml). 

[2] N° 13, http://www.sinodoamazonico.va/content/sinodoamazonico/es/documentos/documento-preparatorio-para-el-sinodo-sobre-la-amazonia.html

[3] Ibid, n° 15

[4] Ibid., n° 14.

[5] N° 11, http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_decree_19651028_christus-dominus_sp.html

[6] Ver, por ejemplo, P. Gilles Routhier, “ ‘Église locale’ ou ‘Église particulière’ : querelle sémantique ou option théologique ? », in Studia canonica, 25, (1991), pp. 277-334. Las citaciones que siguen son extraídas de este estudio.

[7] Les Église particulières dans l’Église universelle, Paris, Aubier, 1971, pp. 29-56.

[8] Relatorio La Única Iglesia de Cristo, redactado por P. Eyt, con prefacio del Cardenal J. Ratzinger.

[9] Parte II, Sección II : De las Iglesias particulares y de sus agrupaciones, cánones 368-562, http://www.vatican.va/archive/ESL0020/_INDEX.HTM

[10] Gilles Routhier, op. cit. p. 290.

[11] ibid. p. 312-313 nota.

[12] Les Principes de la théologie catholique, p. 325 y p. 344.

[13] “Synodes et conseils de l’après-Concile: quelques enjeux théologiques », in Nouvelle revue théologique, 98 (1976), p. 197.

[14] Id. Inverser Babel, p. 335.

[15] http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_

doc_19850311_notif-boff_sp.html

[16]La comunidad cristiana de base es el primero y fundamental núcleo eclesial que, al nivel que le es propio, debe responsabilizarse de la riqueza y expansión de la fe, como también del culto y de su expresión. Es por tanto la célula inicial de la estructuración eclesial y foco de evangelización, y actualmente factor primordial de promoción humana y desarrollo. Elemento capital para la existencia de comunidades cristianas son sus líderes o dirigentes. Estos pueden ser sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas o seglares” (Documento Final, III. ORIENTACIONES PASTORALES – Renovación de estructuras pastorales Comunidades cristianas de base, nn. 10-11, http://www.diocese-braga.pt/catequese/sim/biblioteca/publicacoes_online/91/medellin.pdf).

[17] Eclesiogénesis: Las Comunidades de Base reinventan la Iglesia, Ed. Sal Terrae, Santander, 4.a edición, 1984, p. 37.

[18] Ibid. p. 59.

[19] ibid. p. 60.

[20] Ibid. p. 69.

[21] Ibid. p. 70.

[22] Ibid. p. 29.

[23] Ibid. p. 30. Inclusive los ateos hacen parte de la Iglesia Católica, sin saberlo. La visibilidad del misterio, o sea de la Iglesia universal, “varía y puede tener las más diversas densidades. Comienza en el ateo de buena voluntad que busca el bien y la verdad (Lumen Gentium, 16), cobra mayor visibilidad en los no-evangelizados que viven en sus religiones; se adensa en los judíos y en todos cuantos viven el monoteísmo; tiene un nombre en los cristianos bautizados aun cuando no vivan dentro de la Iglesia católica romana; aparece con toda la riqueza sacramental y visible en la Iglesia apostólica romana y se plenifica en la Iglesia de la gloria. Toda esta realidad completa el sacramento universal de salvación”.

[24] Ibid. p. 31.

[25] Ibidem.

[26] Ibid. p. 33.

[27] Ibid. p. 31.

[28] Ibid. p. 39.

[29] Páginas 12-16, http://aves.org.br/wp-content/uploads/2014/08/000545_20140806123350.pdf

[30] https://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/pt/messages/pont_messages/1980/documents/hf_jp-ii_mes_19800711_comunita-base-brasile.html

[31] Ver  Sociedad Española de Defensa de la Tradición Familia y Propiedad, España anestesiada sin percibirlo, amordazada sin quererlo, extraviada sin saberlo: La obra del PSOE , Ed. Fernando III El Santo, Madrid, 1988, pp. 145-190.

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