Share on facebook
Share on pinterest
Share on twitter
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

Idiomas

LOGOTIPO8
Share on facebook
Share on pinterest
Share on twitter
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

Idiomas

LOGOTIPO8

La nueva lucha de clases: muerte o metamorfosis del comunismo?

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on email
Share on print

¡El Rey ha muerto, viva el Rey!

1991: Año de la muerte del comunismo… ¿o de su metamorfosis?

De un modo u otro, este problema dominaba la discusión pública en aquel entonces, pasando de los ambientes académicos y políticos para los órganos de prensa, las tertulias y los salones, llegando incluso a las sacristías. Llamaba la atención que, amén de razones doctrinales, lo que dividía los campos era una fundamental divergencia de estados de espíritu.

Ciertos optimistas interpretaban las transformaciones que entonces occurrían en el Este (glasnost, perestroika, etc.) como la muerte definitiva del comunismo. Otros – que llamaremos realistas –  veían apenas una metamorfosis. Mientras que los realistas advertían sobre el carácter camaleónico del espíritu revolucionario y se negaban a embainar la espada, los optimistas se distendían y respiraban aliviados frente al supuesto fin de la amenaza bolchevique, esa misma amenaza que hasta hace poco se obstinaban en negar o minimizar. Si la amenaza era ilusoria o trivial, ¿por qué se sentían entonces tan aliviados? Decididamente, la coherencia no es el apanagio de los optimistas…

François Mitterrand
François Mitterrand

Nosotros no éramos, ni lo somos ahora, de los que creían que el comunismo hubiese muerto en 1991. Lo que murió fue una forma de comunismo – el capitalismo de Estado o socialismo real – que, dicho sea de paso, sus propios mentores consideraban pasajera. Superada esta etapa, el proceso revolucionario se aprestaba a avanzar hacia manifestaciones aún más radicales. Para no hablar del socialismo autogestionario lanzado por François Mitterrand, allí estaban las llamadas revoluciones culturales que, echando mano de doctrinas como el freudismo y el estructuralismo, pretendían una “liberación” de los instintos contra todo cuanto signifique regla, freno, orden.

Campeón de esta revolución cultural era, por ejemplo, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Y ya aparecían en el horizonte las corrientes tribalistas e indigenistas.

PSOE

Lo que hubo, pues, fue una metamorfosis del proceso revolucionario, no su extinción.

En esta nueva perspectiva, asistíamos también a intentos de maquillaje de antiguos mitos marxistas, entre los cuales el de la lucha de clases. Un poco por todas partes, voceros revolucionarios machacaban la idea de que la desaparición de la tensión Este-Oeste había dejado al descubierto otra supuestamente más grave, entre el Sur (países pobres, mayormente situados en el hemisferio sur) y el Norte (países industrializados). Al antiguo antagonismo entre proletarios y burgueses (a nivel nacional) y mundo comunista contra mundo libre (a nivel internacional) le sucedería este nuevo tipo de confrontación, en que desaparece, al menos en aparencia, todo y cualquier aspecto ideológico, para convertirse en meramente económica.

Así como, durante la etapa del capitalismo de Estado, cabía a las izquierdas tomar el partido de los proletarios contra el orden socioeconómico burgués, éstas deberían tomar ahora el partido de las “naciones proletarias” del Sur ante un orden económico internacional dominado por las “naciones burguesas” del Norte.

Echemos un vistazo a este aspecto de la metamorfosis del comunismo. Nos ayudará a entender qué está pasando ahora.

¿Cuál era el panorama político y psicológico en la Unión Sovética?

Los occidentales estábamos acostumbrados a considerar el comunismo como una especie de gran sombra proyectada sobre las relaciones internacionales, así como sobre la vida interna de cada país. En el panorama mundial pesaba la constante amenaza de una agresión soviética, que fácilmente podría degenerar en conflagración nuclear. Una hábil propaganda sacaba partido de esa situación, incutiendo en los occidentales el pánico de tal hecatombe, en cuanto susurraba que la única forma de evitarla era la vía de las concesiones. Esto reforzaba aún más las posibilidades que Rusia tenía de ejercer una presión psicológica através del chantaje nuclear.

En el interior de cada país, existía la constante presión de la propaganda marxista, ejercida através de los Partidos Comunistas locales dirigidos a su vez por Moscú. Existía incluso la posibilidad de que un eventual triunfo electoral de los mismos colocase al país en la órbita del Kremlin; esto sin hablar de movimientos guerrilleros y terroristas soplados por Moscú, que sembraban el desasosiego y hasta consiguieron tomar el poder en naciones como Cuba, Angola, Nicaragua y otras.

Por éstas y otras razones, la amenaza comunista ocupaba un lugar fundamental en el panorama mental del hombre en aquel entonces.

Muro de Berlín
Muro de Berlín

En cierto momento, esta amenaza pareció bruscamente esfumarse. El Muro de Berlín cayó y acabó la confrontación entre las dos Europas, tornando anacrónicos la OTAN y el Pacto de Varsovia. Los países del Este entraron en convulsión; derrumbados los viejos gobiernos estalinistas, fueron remplazados por regímenes más o menos democráticos que pretendían suplantar el socialismo con programas económicos neoliberales. Las dos Alemanias se reunificaron bajo la predominancia de la Occidental. La propia URSS comenzó a disolverse en medio a luchas étnicas y a la independencia de un número creciente de sus repúblicas constitutivas, hasta transformarse en la Federación Rusa. El PCUS, cabeza de la revolución marxista mundial, votó su “autodisolución” (sic) y adoptó otro nombre. Como obedeciendo a una voz de mando, casi todos los Partidos Comunistas de ambos lados del antiguo Telón de Acero comenzaron igualmente a renegar su pasado marxista y a adoptar rótulos inspirados en la socialdemocracia.

Así, no obstante la precaria sobrevivencia de algunos “dinosauros” como los hermanos Castro en Cuba, el más doloroso cáncer del mundo moderno, el comunismo, pareció esfumarse en el corto espacio de dos o tres años. Esto desconcertó a mucha gente, que se quedaron sin saber qué pensar frente a la súbita desaparición del oso ruso, y al profundo cambio de panorama internacional y nacional que ello supuso.

La espantosa miseria de Rusia. Toque de finados de la ideología comunista

Pari pasu, los comunistas se vieron forzados a escamotear su ideologia, a vista de su estruendoso fracaso en el Este.

Lenin

El problema del comunismo tenía, como todo problema sociopolítico, un aspecto doctrinal y otro práctico. Tratábase no sólo de saber si el conjunto de doctrinas englobado bajo el rótulo de marxismo-leninismo era o no verdadero teóricamente, sino también de saber si, puesto en práctica, alcanzaría resultados satisfactorios. Si el comunismo era la panacea pretendida por sus corifeos, ¿cómo explicar un eventual fracaso en el campo de lo concreto? Así, en alguna medida los aspectos prácticos condicionaban el juicio ideológico.

Y precisamente en este campo flotaba una gran incógnita.

Los occidentales teníamos una idea más o menos vaga de que en Rusia había miseria. Su gravedad, sin embargo, era matizada según la actitud de cada uno frente al comunismo. Algunos anticomunistas tendían a exagerarla, los centristas casi siempre disminuían su alcance, los izquierdistas por su parte la ocultaban cuidadosamente. La confusión creada por estas diferencias – aumentada aún por el espeso velo de misterio que circundaba el antiguo imperio soviético, y por la ambigüedad de las parcas informaciones que filtraban a nuestros oídos – hacía que la situación rusa no fuese objeto de un juicio claro y definitivo en Occidente, y, consecuentemente, que no hubiese una actitud coherente de la opinión pública frente a Rusia y frente a la ideologia comunista.

De repente cayó el Telón de Acero y apareció como evidente a los ojos de todos algo que hasta entonces apenas se entrevia: el estruendoso fracaso de la experiencia soviética. Por primera vez los occidentales pudimos constatar la espantosa herencia del comunismo, una miseria tal como los siglos jamás vieron. De las ruinas del imenso imperio hasta hace poco cercado por el Telón de Acero, comenzó a exhalarse el terrible grito de indignación de los pueblos esclavizados durante décadas por gobiernos sardónicamente llamados “populares”. Por el principio poco arriba expuesto, esta constatación concreta afectó profundamente el campo ideológico. Pues, ¿cómo podrían los comunistas continuar a sustentar la validez de una doctrina que, puesta en práctica, llevó a tamaña miseria y opresión?

Así, al descalabro político se sumó el filosófico, detonando una crisis interna en las corrientes comunistas, forzadas a enfrentar una disyuntiva: ¿debían continuar aferradas a la ideología marxista-leninista o adaptarse a la nueva dialéctica? En el primer caso, ¿tendrían el coraje de proclamarlo a vista del fracaso arriba expuesto? En el segundo caso, ¿cómo explicar a las bases, no siempre perspicaces y maleables, el abandono de los dogmas marxistas?

Muerte de las ideologías

Este doble descalabro de las corrientes comunistas ocurrió dentro de un panorama más vasto: el de la muerte de las ideologías. Desde ya algunas décadas, asistimos al avanzar de una tremenda atonía de alma en las personas, causada por una deterioración del principio de contradicción –  principio primero y supremo del pensamiento –  y con ello a un verdadero ocaso de la propia luz de la razón. Se generaliza cada vez más un tipo humano incapaz de interesarse por aquello que sobrepasa el mero ámbito individual, incapaz por lo tanto de juzgar a fondo los acontecimientos, reducido casi a las meras emociones, humores y reacciones primarias.

Este tipo humano suponía un grave problema para las izquierdas, que se veían incapaces de galvanizar como antes las masas para causas revolucionarias. Basta comparar el furibundo sindicalismo de los años 30 con el de nuestros dias para percibir cuánto ha disminuído la carga de odio revolucionario en las proprias filas del comunismo.

Muerto el comunismo en cuanto ideología y destruida su base de operaciones, ¿como articular un nuevo movimiento revolucionario internacional, tomando también en cuenta la falta de avidez ideológica? Para tal era necesario reconstituir un cuadro general en función del cual la opinión pública pudiese facilmente tomar actitud.

Una nueva lucha de clases

A partir de los años 1990, asistimos a ingentes esfuerzos para esbozar un mundo nuevo, no ya dividido longitudinalmente entre el Este comunista y el Occidente libre, sino latitudinalmente, entre el Sur pobre y el Norte rico. ¿Cuál es el sentido de esta división?

Para el marxismo, la sociedad moderna estaba dividida entre los propietarios de los medios de producción – los burgueses –  y los desposeídos de los mismos – los proletarios – que se veían obligados a vender su trabajo a los primeros, siendo así explotados. De esta división nacía un necesario antagonismo, la lucha de clases, considerada el motor del proceso revolucionario. Según este mito, los burgueses se irían haciendo cada vez más ricos y los proletarios cada vez más pobres, hasta llegar a una explosión – la revolución – que culminaría con el triunfo de los segundos sobre los primeros, y la consecuente implantación de una dictadura del proletariado, que finalmente traería paz, trabajo y bienestar a las masas. Los países que llegaren a esta etapa servirían de ejemplo para los otros, como también de base de operaciones para la revolución obrera mundial.

Karl Marx
Karl Marx

De hecho, la propia historia se encargó de desmentir este mito. En el Occidente capitalista el proletariado mejoró su situación económica hasta transformarse prácticamente en una acomodada clase media; en Oriente, por el contrario, el capitalismo de Estado produjo solo miseria y opresión.

Lejos de admitir la falsedad del mito de la lucha de clases, el comunismo internacional lo substituyó por otro equivalente: la lucha Sur-Norte. No se trataba ya de una división con fundamentos ideológicos, sino de una división de carácter concreto: unos países son pobres y otros son ricos. Los primeros producen materias primas a precio vil; los segundos las compran, las procesan y las revenden a los primeros en la forma de productos industriales de elevado precio. Se establece así un círculo vicioso mediante el cual los países pobres se vuelven cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos, hasta que la situación se haga insustentable y haya una explosión: el choque de los dos mundos, con la consecuente victoria del Sur (por lo menos así lo esperan los comunistas).

Esta perspectiva daría pretexto a las izquierdas para galvanizar sus bases en torno a una causa: la lucha por el llamado “Nuevo orden económico mundial”, en que las riquezas estarían supuestamente mejor distribuidas. Naturalmente, para llegar a ese nuevo orden sería necesario recurrir a la expoliación de los países ricos a favor de los pobres, del mismo modo que los burgueses eran expoliados por las revoluciones comunistas anteriores. La intensa carga sentimental del emprendimiento – alimentada con imágenes de niños indios o negros desnutridos, favelas infectas, etc. – permite a las izquierdas obviar el uso de los métodos clásicos de persuación ideológica, apelando directamente para el corazón.

Mientras tanto, los “pobres” tendrían derecho a participar directamente de la riqueza de los ricos mudándose a sus países. Así se explican en buena medida los enormes flujos migratorios que amenazan sumergir Europa, Estados Unidos y otros países del Norte. La fijación de semejantes contingentes humanos, no asimilables a la cultura local como lo eran las anteriores inmigraciones, crearían verdaderas bolsas de Sur dentro del Norte, que tenderían a crecer por el previsible aumento de las migraciones y la alta tasa de natalidad de los pueblos menos desarrollados. La existencia de estas bolsas desregularía profundamente la vida interna de los países anfitriones, además de ofrecer a las izquierdas posibles contingentes para empresas revolucionarias. En casos extremos, los países del Norte podrían incluso perder su propia identidad nacional.

Una ideología que no osa decir su nombre

Los mentores de esta estrategia afirman que no hay en ella nada de ideológico, y por lo tanto nada de planeado. Ella decorrería de una situación de facto, el desequilibrio económico internacional.

Para comenzar, este planteamiento es cavilosamente simplista pues no toma en consideración las causas de la pobreza en los países del Sur. Generalmente bien provistos de recursos naturales, estos países se encuentran en situación de pobreza, la más de las veces, por causa de la desastrosa aplicación de programas socioeconómicos de inspiración socialista. ¿Por qué esta causa no es mencionada por los mentores de la nueva dialéctica? El hacerlo ya daría una pista de solución. Es de esperar que, aplicando las fórmulas que tanto éxito alcanzaron en el Norte, dichos países puedan progresar, explotando sus vastos recursos, y dejen así de ser “Sur”. Pero entonces, las izquierdas se quedarían sin países pobres para maniobrar, así como se quedaron sin proletariado…

A seguir llama la atención lo elástico del vocablo “pobre”. Los mentores de la nueva dialéctica no hablan de penuria, en cuyo caso la ayuda de las naciones ricas sería un imperativo de justicia, pues el derecho a la vida de poblaciones moribundas es superior al derecho que los países ricos tienen de gozar de bienes superfluos. Los mentores de la nueva dialéctica hablan antes bien de “pobreza”. ¿Qué es ser pobre? Responden que es simplemente tener menos que otros. De hecho, sólo en este sentido amplísimo es que se entiende tal adjetivo aplicado a países como Brasil y Méjico, verdaderas potencias emergentes. Pero entonces, ¿cómo justifican ellos una revolución de países que simplemente son menos ricos que otros?

Y aquí vamos entreviendo la ideología latente en la nueva dialéctica. Se resume ella en la afirmación de que es injusto que hayan países ricos y países pobres, así como es injusto que hayan clases ricas y clases pobres. En otras palabras, es injusto que hayan desigualdades. Así, mas allá de los pretextos económicos, esta revolución del Sur contra el Norte está inspirada por el principio del igualitarismo – la propia esencia del comunismo – que subsiste como falso criterio de justicia en el corazón de millones de personas. Estamos, pues, ante una ideología que no osa decir su nombre.

Todo esto trazaba los contornos de una auténtica revolución mundial en preparación, precisamente cuando el comunismo parecía haber muerto. De hecho, un curioso efecto de este eclipse es que nadie parecía percibir la inspiración comunista de esta revolución emergente, porque el comunismo supuestamente había muerto…

Izquierda catolica, quintacolumna del Sur

En este punto, algún optimista recalcitrante en cuyas manos haya caído por casualidad este artículo, podrá sonreir entre hastiado y compadecido: ¡no hay que preocuparse, hombre! ¿Qué podrán unos cuántos países pobres contra nuestro inmenso poder económico y, si fuere el caso, militar?

Nuestro optimista no toma en consideración un aspecto fundamental de la situación: la existencia de quintacolumnas del “Sur” en los países del “Norte”. Estas quintacolumnas están constituidas por diversas izquierdas, y muy particularmente por la izquierda “católica”, fiel compañera de ruta del socialismo real, en su tiempo, y ahora compañera no menos fiel de la nueva lucha de clases.

En medio a aplausos de aprobación, decía un expositor durante el X Congreso de Teología Juan XXIII, realizado en Madrid en 1990: “Muchos del Norte se ríen del Sur y dicen ‘si el Sur nos invade lo destruiremos con nuestras armas’. Pero no saben que aquí hay quintacolumnas del Sur, y que dispararemos contra los del Norte, contra los de nuestro propio país, por las espaldas, para hacer triunfar al Sur”. Aquí tenemos, en esencia, un punto importante del programa de la izquierda “católica” en esta era de postcomunismo.

Tal programa fue aún desarrollado por el XI Congreso de Teología Juan XXIII, realizado en Madrid en 1991, bajo el lema “V Centenario. Memoria y Liberación”. Contestando la obra misionera y evangelizadora de España en el Nuevo Mundo, el congreso intentó atizar la lucha de clases del nuevo tipo de los países latinoamericanos contra la antigua metrópolis. La gesta hispánica en América, decían los expositores, no pasó de expoliación y opresión. A guisa de mea culpa, sugerían otros, es España la que ahora debe ser “evangelizada” por América Latina, especialmente por sus culturas indígenas. El sacerdote chileno secularizado Pablo Richard, antiguo militante de Cristianos por el Socialismo y conocido teólogo de la liberación, llegó incluso a afirmar que dichas culturas indígenas nos aportan una nueva Revelación.

Pablo Richard
Pablo Richard
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on email
Share on print

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Solve : *
11 − 11 =